Mi abuela leía en la borra del café
la falta de sentido en que la vida
se precipitaba a la basura
a veces con un gesto digno agradecido
otras veces con mirada turbia
con ese silencio que solo desliza el destino.
En ocasiones, aún hoy, sobre todo hoy
habiendo caído imperios, desdeñado océanos
probado mares de improperios
habidas ya las tentaciones del ahogo
después de gritos y unas cuantas velas
penitentes y en lo oscuro
me encuentro fascinado mirar la cafetera
expulsar su humo quieto
como si se tratara de una alquimia.
Me doy cuenta que carezco de un corazón duro
y de la fineza del oráculo
y que prefiero prescindir del asiento de los astros
a pesar de que entonces así el universo
se haga menos magia, y más enigma.
Sin respuestas previas
sin agitaciones místicas
espero sin embargo
en una señal de esa niebla
del café haciéndose ilegible en esa nada
en el pitido inconstante del colado
despertarte del olor, de la borrasca
acobijar a la lluvia de los sueños
con un poco de azuquita, así no sea ligera,
y ser leído en consecuencia
como agua evaporada.